La trikitixa (acordeón diatónica) y las coplas de baile, o las coplas versificadas, me han rodeado desde muy joven. La “liturgia” dominical de cuando tenía 9 o 10 años no fue, para nada, una mala escuela. No podría denominarse de ninguna otra manera, porque se producía tras volver a casa de misa de once. Mientras fregaba o preparaba el almuerzo, ama me ponía a tocar el acordeón. Y así empezaba la sesión: una canción, y otra, y esa otra también es muy bonita… Con la alegría de después de mojar tres o cuatro galletas en mistela, poníamos en marcha el casete de los trikitilaris de Bizkaia y… ¡a bailar con ama! (aunque bailar no me gustaba en absoluto). En ese ambiente conocí a Tomás, llegado de Iskuskitza a Gatika, a la anciana que tenía a su hija en venta, a Hilario Azkarate, a Gallastegi y a otros pelotaris, a los chicos con planta de topo, a la prima Josepa…
Quién iba a decirme que al poco tiempo aprendería a tocar el acordeón diatónico y empezaría a recorrer plazas con los artistas que aparecían en aquel casete. Quién iba a decirme que, a los pocos años de mi niñez, me dedicaría durante años a recorrer infinidad de calles, rincones y romerías con quien ponía voz y pandero a las coplas que oíamos y cantábamos en aquel viejo casete. No creo que sea demasiado atrevido decir que Kepa Arrizabalaga es uno de los grandes coplistas de Euskal Herria. Es difícil superar el sonido de la cocina de mi infancia, superar a nuestros predecesores, y me parece imprescindible reconocer y homenajear mínimamente, de todo corazón, a quienes nos han enseñado el camino de nuestra música y a quienes nos han encaminado.